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MÉXICO DE MIS RECUERDOS

La Diosa Arrodillada       (junio 17, 2004)

Por: José Luis Ortega Torres
joseluis@revistacinefagia.com

Dentro del selecto grupo de nombres que pueblan el panteón de las máximas figuras de la dirección cinematográfica del cine mexicano –que a mi entender bastan los dedos de una mano para enumerarlos– se distingue por méritos propios el de Roberto Gavaldón.

Nacido en Chihuahua en 1909, “El ogro” –apodo común hacia su persona ganado a pulso por su severo en inflexible carácter a la hora de filmar– emigra a Los Ángeles a mediados de los años veinte, ciudad donde además de estudiar mecánica dental conoce el ambiente cinematográfico de la incipiente Hollywood, donde se coloca como extra, labor que también desempeña a su regreso a México a inicios de 1933. Decidido a que en la actuación no estaba su futuro, asiste en la dirección a gente como Gabriel Soria, Jack Conway, Arcady Boytler –en la anteriormente reseñada Celos–, Raphael J. Sevilla y Joaquín Pardavé, entre muchos otros a lo largo de casi medio centenar de títulos, hasta que en 1944 sorprende a todo mundo con La Barraca, excelente ópera prima que le hace ganar diez premios Ariel, incluidos los de mejor Película y Dirección.

Su obra es piedra angular del cine mexicano, aunque a decir verdad aun es necesaria una revisión completa –y compleja– que permita un justo conocimiento de ella y al mismo tiempo permita que su nombre logre brillar junto los del Indio Fernández, De Fuentes, Galindo y Bracho –Buñuel se cuece aparte–.

Con todo, la escasez de literatura sobre su obra fílmica –y a pesar del menosprecio que ciertas fuentes hacen de ella, García Riera por delante– sirve como un primer acercamiento a un director que fue algo más que un “buen artesano”. Entre sus 48 títulos –dirigidos entre 1944 y 1977– destacan verdaderas joyas de la cinematografía mexicana, baste citar Rosauro Castro (1950), En la Palma de tu Mano (1950), El Rebozo de Soledad (1952) Macario (1959), Rosa Blanca (1961), Días de Otoño (1962) o El Gallo de Oro (1964) y la que atañe a este artículo, La Diosa Arrodillada (1947), para corroborarlo.

Basada en una obra original de Ladislao Fodor adaptada por José Revueltas y el propio director, La Diosa Arrodillada presenta un melodrama oscuro donde los personajes se rigen más por la culpa y el deseo tortuoso que por el amor, lo que ya de entrada significa una ruptura con el esquema del melodrama clásico. Las figuras principales de esta historia son las del químico Antonio Ituarte, millonario empresario de la industria química, Raquel Serrano y Elena, quienes formarán un triángulo cuyas aristas distan mucho de complementarse.

Dentro del cine mexicano de la época de oro, representar el papel de un hombre intelectualmente culto, económicamente exitoso y sentimentalmente atormentado no era tarea fácil. Por supuesto sobra decir que para los estándares de galanes maduros, la edad también era un requisito obligatorio, ya que a diferencia de las historias que pueblan el cine y la televisión mexicanas actuales –centradas en conflictos juvenilmente clasemedieros–, la experiencia que otorga la edad era punto medular para el desarrollo del conflicto.

De esta forma, el actor que mejor supo desarrollar las características anteriores fue Arturo de Córdova (Antonio Ituarte, en este caso), teniendo como contraparte y objeto de su pasión irrazonable a María Félix (Raquel). Para completar el triángulo, la serena belleza de Rosario Granados (Elena), personificación del remordimiento que carga a sus espaldas el personaje interpretado por De Córdova.

Melodrama de factura técnica intachable, es además una rara muestra de guión donde las pasiones negativas del ser humano se establecen por encima del amor, situando a sus tres personajes principales al ras de una humanidad descarnada donde la conveniencia, la traición y el engaño son las dominantes de sus respectivas voluntades.

Así, al inicio de la cinta, vemos como Ituarte es recibido en el aeropuerto de Guadalajara por la bella Raquel. Ya en el departamento de ella se deja en claro que sus encuentros son ocasionales y prohibidos por el matrimonio de él con Elena, una mujer angelical, pero moribunda. Pero también somos testigos de cómo se cierra el círculo de engaños por medio del interés económico que priva sobre Raquel, que en complicidad de Nacho pretenden obtener del industrial.

Decidido a abandonar para siempre sus furtivos encuentros con Raquel, Ituarte se prepara para su aniversario de bodas con Elena, quien para la nueva fuente que construyen en el jardín de su mansión desea, a manera de regalo, una escultura. He ahí que el funesto azar juega su propia partida en el estudio del artista, cuando días después, Ituarte se encuentre frente a “La Diosa Arrodillada”, bellísima escultura de una mujer de cuerpo perfecto tendida sobre sus rodillas y, a espaldas de él, la voz de la modelo que no es otra sino Raquel.

El necesario reencuentro obliga un cambio en la personalidad de Ituarte, ante la pena de su esposa, que intuye la verdad, sobre todo por las largas horas que su marido pasa de pie frente a la estatua, ya instalada en su casa, sutil insinuación de la infidelidad. Pero si ya a la mansión de Elena había entrado la pasión marmórea, todavía hacía falta la carnal, con Raquel entrando por la puerta grande el día de la fiesta de aniversario, misma noche en que la afligida esposa muere aparentemente envenenada.

A partir de allí la trama se pierde un poco, principalmente por la incursión de una nueva ambición de Raquel, convertirse en cupletista –o rumbera, pero de categoría–, iniciando una gira por Sudamérica, hasta donde la sigue un Ituarte que abatido por el remordimiento se rinde ante el alcohol –secuencias que salen sobrando, sobre todo por el nulo talento como cantante y bailarina de María Félix y la pobreza con que se intentó recrear sus presentaciones en lo que parece un cabaret de mala muerte–. La complicidad de los amantes da paso a un amor atormentado que finaliza en su matrimonio obligado, que lejos de brindar satisfacción, sume al hombre aun más en un abatimiento moral que solamente puede encontrar su paliativo con la muerte.

La historia gira de manera que lejos de hacerse presente una sensación de romanticismo –aun cuando a estas alturas Raquel admite haberse enamorado sinceramente–, la relación entre ambos se ve marcada por un destino inevitable que ha condenado a los amantes malditos, evitándoles alcanzar la felicidad por medio de un desenlace trágico paralelo al descubrimiento de que ambos han sido víctimas más que verdugos. Demasiado tarde, pues el único enemigo radica en la propia mente de Ituarte. Un contrincante intangible, el remordimiento, a quien no pudo derrotar.

LA DIOSA ARRODILLADA
Dirección
: Roberto Gavaldón; Guión: Basado en un cuento de Ladislao Fodor adaptado por José Revueltas, Roberto Gavaldón, Alfredo B. Crevenna y Edmundo Báez; guión técnico de Tito Davison; Producción: Rodolfo Lowenthal; Fotografía: Alex Phillips; Música: Rodolfo Halffter; Edición: Charles L. Kimball; Con: María Félix (Raquel Serrano), Arturo de Córdova (Antonio Ituarte), Rosario Granados (Elena), Fortunato Bonanova (Nacho Gutiérrez), Rafael Alcayde (Demetrio), Carlos Martínez Baena (Esteban)
México, 1947, 104 min.

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