México, año 1963. Hartos del rápido ir y venir de la sociedad así como de la ignominiosa agresividad con que se dan las relaciones sociales, Rafael Cutberto Navarro y Modesto Vázquez González, hombres con amplia experiencia en radio, deciden crear una radionovela inscrita en una atmósfera que ellos llamaban “violencia blanca”. Nunca imaginaron las consecuencias que una historia acerca de un hombre desarrollado al límite podría traer a la febril mente del mexicano.
Kalimán comenzó como una radionovela de misterio, añadiéndole toques de exotismo y ciencias ocultas. La carga filosófica y científica –aunque muchas veces bastante irreal- resulto algo novedoso para el género, lo que propició que se colocara rápidamente en el gusto del auditorio. De igual forma el concepto de “violencia blanca” –Kalimán nunca utiliza la violencia más que como único recurso y solamente para defenderse- cuajo bien en aquellas inocentes generaciones (las cuales, dicho sea de paso, tenían la posibilidad de recorrer la ciudad de México a pie durante la noche sin el temor de ser asaltados o vejados), además de estar bien visto por las buenas costumbres.
Como en todo, era inevitable que las aventuras del hombre increíble dieran el salto hacia otros medios masivos de comunicación. El perfecto desarrollo del personaje y su magnetismo para las clases media y baja resultó perfecto para el cuento (o cómic como lo llamamosen estos transculturizados tiempos), dónde Kalimán encontró un nicho que sigue sin abandonar hoy en día. El primer número del cuento se publicó el 17 de noviembre de 1965 y su éxito fue tal que llegó a vender un promedio de 1.5 millones de ejemplares a la semana. A lo largo de su historia ha superado la venta total de mil millones de ejemplares, algo insólito que ni Superman y su superhombría han logrado. Muchos han tratado de dilucidar el porqué del éxito del justiciero enfundado de blanco, con un turbante que cubre su morena aunque ojiazul testa. La explicación más lógica puede ser que a los mexicanos siempre nos han gustado las historias ricas en carga cultural y más si incluyen cultura de otros lugares. De no ser así, entonces ¿por qué las películas de artes marciales orientales, las telenovelas y película de época y los programas infantiles como Odisea Burbujas y El Tesoro del Saber siempre han sido un éxito? Que no sorprenda a nadie que las películas mexicanas de ahora, tan vacías, insulsas y carentes de identidad, sean un fracaso en taquilla.
Pero, ¿quién es Kalimán, el hombre increíble? Un gran misterio rodea a su origen pero lo que si es seguro es que un justiciero experto en toda clase de artes, ciencias y formas de lucha, aunque rara vez abusa de estas últimas, a menos que sea para defenderse. Es un hombre que ha desarrollado sus habilidades físicas al límite y que incluso ha roto esos límites en cuanto a su desarrollo mental, o como él mismo lo dice “quien domina su mente puede dominar al mundo”. No obstante, él nunca utilizaría sus amplios conocimientos para su beneficio, pues está primero el bien común. Es también experto en yoga, ventriloquia y artes hipnóticas, estas últimas tan avanzadas que es capaz de lograr el actus mortis, método por el cual su metabolismo desciende a cero y logra un estado semejante al de la muerte, lo que irónicamente le ha salvado la vida en múltiples ocasiones.
Su nombre significa hijo de la madre Kali, diosa hindú de la destrucción, que contradictoriamente deshace para que pueda haber materia para volver a crear. Metafóricamente se cree que Kalimán destruye el mal para que renazca el bien, una muy inteligente metáfora por cierto y bastante aventurada si tomamos en cuenta que en su universo el mal toma forma de extraterrestres, vampiros, hombres lobo y enanos.
Era inevitable que un personaje así diera el salto hacia los 35 milímetros, sobre todo en aquella época en que nuestro cine gozaba de una salud casi perfecta. Lo que resulta extraordinario fue la fe que los productores le tuvieron al proyecto, asignándole un presupuesto de 5 millones de pesos, casi cuatro veces el costo promedio de una cinta normal en aquellos bienaventurados tiempos, filmándola con la mejor tecnología que en ese entonces existía, Panavision, y en lugares tan lejanos como Egipto, para darle un mayor toque de realismo.
Pero a pesar de la buena fe, el gran trabajo técnico y su inusitado éxito –estuvo cerca de un año en cartelera- la película no cuaja como debería de hacerlo todo gran clásico. Tanto el ritmo como la fotografía son bastante confusos y se nota que el director trabajó por encargo, sin cuidar al personaje y sin preocuparse por hacer que los actores trabajaran a todo (cosa que no es extraña en el cine de esos años, pero para este proyecto sí resulta una rareza). Sin embargo, el gran mérito de la película radica en que es la muestra de lo que pudo llegar a realizarse en México, cinematográficamente hablando, claro. Un cine sin prejuicios, hecho para su público y elevando su imaginación a límites nunca antes conocidos.
La guión de la película se basó en la historia de la primera aventura radiofónica de Kalimán. “Profanadores de tumbas” es el título de una saga clásica en el panorama fantástico mexicano, en la cual se involucran faraones egipcios, nazis, hermosas mujeres y extraterrestres. Haciendo a un lado la teoría racista que dice que las pirámides solo pudieron haber sido construidas con ayuda de pueblos del espacio exterior (igual de nefasta que esa que dice que los mayas descienden de alienígenas, ja, primer mundistas idiotas), la premisa de la película es realmente interesante, con Kalimán tratando de descifrar el secreto de las pirámides, mientras libera esclavas, compra objetos robados y conoce a su futuro achichincle, el niño Solín, un irreverente chavito que a la postre se convertiría en su escudero y aprendiz. Personajes fuera de lugar, situaciones que no hacen más que hacer más lento el ya de por sí pausado ritmo de la película y una edición para llorar, convierten a esta película en algo menos de que una joya, pero para los fanáticos de hueso colorado del personaje o para aquellos que quieran ver algo diferente y (casi) netamente mexicano esta cinta es sin lugar a dudas una buena opción, que en momentos llega a igualar a las hermosas mafufadas de Santo o del manotas Blue Demon, nacadas (dicho sea con todo respeto) que sólo la idiosincrasia mexicana pudo crear (además de aguantarlas y disfrutarlas).
Como buenos malinchistas que somos se eligió al actor canadiense Jeff Cooper para interpretar el papel principal. Hay que mencionar que su actuación se reduce a esbozar una sonrisa bastante morbosa durante media película y la otra mitad se la pasa repartiendo el clásico golpe de karateca con la palma de la mano abierta -golpe que dicen los expertos no existe-. Obviamente el actor desconocía al personaje y no supo darle el tratamiento que merecía, aunque hay que resaltar que el parecido con el dibujo es más que asombroso. Habría que agregar que la película se realizó llevando a cabo esa infame técnica de grabar imagen y sonido por separado, lo que hace parecer que estuviera doblada, echando a perder a todas las actuaciones. El españolito Nino del Arco interpreta a Solín. Lo raro es que para ser egipcio, este niño está muy cachetón y blanquito, aunque en términos histriónicos su papel esta bastante bien realizado, logrando proyectar simpatía en las escenas chuscas y lástima en las trágicas.
Mención honorífica a la guapérrima actriz egipcia Habiba, quien a pesar de interpretar a un personaje de relleno y sacado de la manga (supongo que era hija de alguien muy influyente) hace que todos los hombres babeen al admirar su belleza salida directamente de la labia de Scherezada. La verdad le hubieran dado mejor el papel que le dieron a Susana Dosamantes, para así admirarla un poco más, aunque la Dosamantes también estaba como quería, ¿ehh?.
Lo que sí hay que resaltar es la excelente escenografía que además de tener tomas en el lejano Egipto fue diseñada por un experto en aquellas lejanas tierras. Tanto las maquetas como las tumbas de los faraones están muy bien cuidados y las tomas del mercado son una verdadera belleza. Creo que uno de los mayores logros de la película es precisamente retratar de una manera tan sincera un pequeño aspecto de una cultura que pareciera tan distante a la nuestra pero que en realidad se asemeja bastante, sobre todo en el trato hacia las mujeres, que al parecer en cuarenta años no ha cambiado.
Con todo el éxito que tuvo no podía faltar la siempre esperada segunda parte, y el excelente título que le pusieron a Kalimán en el Siniestro Mundo de Humanón la convierte en una película que debe ser comentada en un artículo aparte. Serenidad y paciencia nos diría el avatar Kalimán.
A pesar de las fallas que pueda tener, la película es sin duda una de las grandes en el panteón de los héroes de celuloide mexicanos. Uniéndose a Zovek, a los ya citados luchadores, a Chanoc y a el Payo (ambos también salidos de historietas), Kalimán logra engatusarnos con su muy pretendida seriedad y su refrescante ingenuidad. Ojalá algún día regrese para librarnos de la maldad que impide que se hagan más películas para los fanáticos del cine de géneros y para los cinéfagos sinceros.
Antes de retirarme quisiera recomendar el sito www.kaliman.com.mx, una página bastante completa hecha por auténticos fanáticos del hombre increíble y que sirvió de gran apoyo para el presente texto, aportando datos curiosos y oscuros sobre el personaje. Pero sobre todo, hay que tener en cuenta que el cómic todavía se edita hoy en día, así que si queremos más aventuras del sorprendente Kalimán habría que pensar en adquirirlo. Después de todo, ¿qué sería la vida sin cuentos?
KALIMÁN, EL HOMBRE INCREÍBLE
Dirección: Alberto Mariscal; Guión: Rafael Cutberto Navarro y Modesto Vázquez González, adaptación Víctor Fox; Productor: Rafael Cutberto Navarro; Fotografía: Rosalío Solano; Música: Carlos Jiménez Mabarak; Edición: ; Con: Jeff Cooper (Kalimán), Nino del Arco (Solín), Adriana Roel (Alicia), Charles Fawcett (Profesor Morgan), Carlos Cardán (Zarur), Susana Dosamantes (Nila), Habiba (Sinaíd), Jorge Radó (Erich von Krauss), Chano Urueta (Tabor), Roberto Dumont (Mateo)
México, 1970, 145 min.